viernes, 27 de mayo de 2016

La ola que viene


Por Mario Toer *

Desde hace varios años, el vicepresidente de Bolivia suele retomar una afirmación de Marx para relacionarla con los procesos que está viviendo nuestra región. Nos dice que los grandes cambios suelen producirse como oleadas; avanzan hasta cierto punto y después deben retroceder. Y no lo hace con afán poético, porque queda bien la metáfora. Está describiendo algo notablemente real.

Cuándo se produce un avance de masas, no se establece hasta dónde debe llegar. Saben contra quién lo hacen y quieren llegar lo más lejos posible. Pero hay un momento en que las fuerzas no alcanzan, sentimos que el que estaba unido a mi brazo ya no está, y se asume que hay que retroceder. La costa vuelve a emerger y reconstruye algunas de sus defensas. Entonces nos reencontramos en un lugar en el que se puede cerrar filas. Y allí se deben sacar enseñanzas para que la ola que viene sea más profunda, resienta más aún las defensas de la costa. Porque la próxima ola va a venir. Vamos a volver. Por la sencilla razón de que no está entre las virtudes de quienes se encuentran en la costa resolver los problemas, las demandas de las mayorías.

Cómo en la fábula del escorpión, es inherente a su naturaleza agravarlos, hacerlos más evidentes. Álvaro García Linera sale al paso, así, de aquellos que imaginan que puede construirse de manera indefinida, sin interrupciones, de la mano de la voluntad, un presunto socialismo periférico. Son los que confunden el movimiento de lo real con sus deseos.

A todos nos puede pasar en alguna medida. Pero están los contumaces, recalcitrantes, que como no todo ocurre según lo imaginan, les echan la culpa a los dirigentes. Están presentes, casi siempre, desde un inicio. Su soberbia les impide ver el entramado y las complejidades del conflicto. Desprecian las razones por las que los pueblos reconocen a sus líderes. Aunque nunca son seguidos por más de un puñado, suelen crear confusión y desaliento. Errores existen a granel. Máxime cuando transitamos algo nuevo. Hay un aprendizaje obligado. Pero cuando nos referimos a quienes han venido estando a la cabeza de los procesos actuales en la región, tenemos que decir que, a lo principal, lo han hecho bien. A los errores debemos criticarlos en su contexto.

Hoy contamos con protagonistas que hace quince años no existían. Y están para quedarse. No son una mera pueblada descontenta que se dispersa. No se pudo consolidar el bloque regional que aspirábamos. Hubo dificultades estructurales y otras propias del período de crisis que atravesamos. Pero hemos establecido códigos que resuenan en otras latitudes. Son más los que empiezan a comprender las diferencias entre el socialismo utópico y el socialismo científico. Y también los que entienden que esta época no es la del siglo XIX que entreveía el enfrentamiento decisivo en las principales metrópolis “clase contra clase”. Ni lo que signó al siglo XX, que llegó a soñar con una periferia unida que llevara a la implosión del centro.

Nuestra época requiere de la confluencia de la rebeldía de la periferia con los avances de las mayorías del llamado “primer mundo”. En esta ola hemos dejado una señal que escucharon Iglesias, Mélenchon, Tsipras y otros. Y lo que es bastante más decir, en los últimos imperios surgen voces como las de Sanders y Corbyn, ya no les basta el discurso bien pensante o meramente solidario. Y por tanto convocan juventudes antes escépticas y legitiman que se trata de unirse contra el 1 por ciento. Comienzan a llamar a las cosas por su nombre. Y, seguramente también, esas señales fueron captadas por los Manning, Assange, Snowden y como se llame el de los “paraísos fiscales” (no son estrellas fugaces, son signos de nuevos tiempos).

La contraofensiva derechista sacó sus conclusiones y extrema una estrategia con cuatro vectores: (1) acallar la voz rebelde por todos los “medios”; (2) desprestigiar e ilegalizar a quienes han emergido como liderazgos populares; (3) cerrar el grifo de los recursos posibles para el armado político del campo popular (“si inventan tres burgueses generosos, los metemos presos; nosotros tenemos a todos los demás”); (4) extremar el camuflaje propio para pasar por conciliadores, generosos, alegres, dispuestos a “conservar lo bueno”. Por poco tiempo puede funcionar. Máxime cuando la crisis potencia las dificultades. Pero el maquillaje no tarda en estropearse y asoma el grotesco.

Las enseñanzas para la próxima ola tienen que devenir de madurar estas circunstancias. Los medios alternativos tienen que aprender a ser sutiles, irónicos y profundos. No ayuda la retórica reiterada. El aporte popular tiene que ser el centro de nuestros recursos. Si lo hace Sanders ¿por qué no nosotros? (a escala propia, se entiende). Que sea bien distintivo que hacemos política desde abajo, de una manera diferente (en las mayorías tiene que dejar de resonar el “son todos lo mismo”). Nunca más les tiene que resultar sencillo apropiarse de los temas de “seguridad”, “corrupción” y “eficiencia” ¡si ellos son los inventores de la desgracia! El intercambio, la reciprocidad, con las fuerzas alternativas de las metrópolis tiene que ser prioritario.

Cuando cantemos “el que no salta es un inglés”, tenemos que agregarle un asterisco “excepto los que votan Labour”… Y todo “desde el pie”. También el humor tiene que ser nuestro, porque si hay algo que nos pertenece y debe nutrir la próxima ola es la alegría de vivir.

* Profesor de Política Latinoamericana (UBA).

Nota original Página 12

http://m.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-300246-2016-05-26.html