viernes, 17 de junio de 2016

Historias peronistas: El muerto



Eran años de Perón. Los trenes eran las venas del país y Palmira era un pueblo próspero.

Había hombres de todo el país que venían a trabajar allí, por un tiempo y definitivamente. Los primeros venían solos y dejaban sus familias lejos.
Las sedes de la Unión Ferroviaria y La Fraternidad concentraban gran parte de la actividad política.

La sede de la Unión Ferroviaria, muy cerca de la estación y sobre la Avenida Alem, era especialmente concurrida.

Cierto día, un invierno, uno de estos ferroviarios foráneos y solitarios, murió de alguna peste que ya nadie puede definir.
Los de la Unión Ferroviaria decidieron hacerle un velorio respetuoso, en el salón principal.

Salvo los pocos de la comisión, no había nadie allí y el féretro, en el mismo centro de la sala, se veía más solo aún.

Además de los trabajadores que llegaban desde lejos, también aparecían crotos y linyeras, que venían en los vagones de carga. Hombres sin futuro y con un pasado que ya casi habían olvidado.

Uno de ellos pasó ese mediodía por la Unión Ferroviaria y, encontrando abrigado el lugar, pidió permiso para dormir un rato en un banco que estaba sobre un costado. A nadie se le negaba refugio. El linyera se acostó y se quedó profundamente dormido al instante.

El puñado de sindicalistas, aburridos y hambrientos, decidieron juntar unos pesos y hacer un asado en el patio del fondo. El más joven fue el encargado de ir a comprar a la carnicería de Camilo. Allí fue cuando surgió la idea.

Los muchachos despertaron al linyera, sacaron el cuerpo del cajón e hicieron el enroque: el linyera al féretro y el finado al banco del linyera.

El joven regresó de la carnicería, satisfecho de haber cumplido el encargo. Cuando pasó junto al féretro, el linyera se levantó y quedó sentado en el féretro. Los sindicalistas, entre carcajadas, vieron como el muchacho salió gritando y corriendo, despavorido.

La desesperación, hizo que se tropezara y cayera unos metros más adelante. La mala fortuna hizo que se golpeara en el cráneo. Quedó inconsciente. Debieron trasladarlo de urgencia a la Clínica Ferroviaria y, después, derivarlo a un hospital en Mendoza.

“La verdad, es que no recuerdo que ocurrió con él. Creo que murió”, me contó hace unos días Omar Abdo, hijo de Manuel, uno de los que finalmente comieron el asado esa noche.

Enrique Pfaab