viernes, 22 de julio de 2016

Pandemónium


Por Enrique Lacolla

Un vistazo a una semana caótica muestra la escasa capacidad de invención democrática que hay en el mundo capitalista al final de su decadencia.

El panorama internacional, al cual en nuestro país no se le suele otorgar mucha atención, ha tenido una semana de locos. La erupción de una serie de atentados contra policías en Estados Unidos, especialmente en el sur; la masacre de Niza y por fin el sangriento golpe militar en Turquía cuyos orígenes y motivaciones han recibido múltiples interpretaciones y cuyo sentido resulta imposible desentrañar con certeza, conforman un paisaje caótico y sin embargo interrelacionado por una serie de conexiones difíciles de establecer; pero que existen, sin embargo. Como las hay también con la reciente cumbre de la OTAN en Varsovia, que ha venido a refrendar la extrema peligrosidad de la línea estratégica del organismo noratlántico, piloteado por Estados Unidos, respecto a Rusia; una línea que a sabiendas está empujando al mundo hacia el umbral de la III Guerra Mundial. Volveremos sobre este tema.

Los actos de violencia en Estados Unidos se conectan con este panorama. La violencia racial ha existido siempre en ese país, pero el giro vesánico de una política global que manda a jóvenes negros a combatir en guerras de agresión en el extranjero, no deja de influenciar las tensiones internas que el sistema incuba por sí mismo. Durante siglos la población negra ha sido objeto de maltrato en USA. A través de un prolongado esfuerzo la gente de color ha llegado a hacer valer sus razones, pero sólo a fuerza de negociaciones difíciles y a veces humillantes, que hubo de pagar a un alto precio[i]. La integración, tantas veces pospuesta, de un alto número de soldados negros a las fuerzas armadas fue vista como una conquista y una forma de adquirir estatus (no olvidemos que muchos “hispanos” consiguen la ciudadanía a través del servicio voluntario en ellas), pero representó asimismo el empleo de los afroamericanos en una especie de rol subordinado y mercenario respecto al estado, que solicita de esa tropa aplicarse al rol de material gastable. Esto es, como requería la decadente Roma de sus soldados “bárbaros”, la asunción de tareas que hubiera competido a los romanos realizar, pero que estos preferían delegar.

En una sociedad híper armada como es la norteamericana, la continua violencia infligida a la población negra en algún momento iba a suscitar una especie de retaliación. Y en ella era seguro que el personal entrenado en bajo bandera iba a desempeñar un papel. No es casual que los “vengadores” aparecidos en Dallas y Baton Rouge y que abatieron al menos a siete policías, hayan sido miembros del ejército o de la infantería de marina, veteranos de las guerras de Afganistán e Irak.

A la violencia insurreccional que distinguió a los incendios y alzamientos populares de la década de los 70 que recorrieron a los Estados Unidos a lo largo y a lo ancho, hay que sumar ahora la aparición de “justicieros” que parecen predispuestos a trabajar como lobos solitarios para vengar los asesinatos de la gente de color a manos de la policía. Es una dialéctica enferma, pero lógica, en un país consustanciado con la violencia y el fetichismo de las armas.

El terrorismo oportunista

El fenómeno del terrorismo oportunista, del tirador aislado que convierte a una causa política en el pretexto para disparar sus propias perturbaciones mentales -eventualmente exacerbadas por ofensas reales de carácter social-, no es sin embargo solo norteamericano. En esto momentos empieza a crecer y a expandirse a países metropolitanos que no necesariamente comparten los rasgos de la psicología colectiva estadounidense, pero que han sido y son potencias imperialistas que tienen mucha población colonial o ex colonial viviendo en la metrópoli. El tunecino Mohamed Lahouaiej Bouhlel, que lanzó un camión frigorífico sobre una multitud en Niza, provocando 84 muertos y 50 heridos, es un ejemplo de lo que decimos. Aunque no se pueda saber todavía si poseía alguna conexión con el ISIS el estado islámico se apresuró a reivindicar al personaje y a su acto. Un acto obsceno, como bien lo describió el presidente francés François Hollande, quien asimismo se apresuró a indicar que Francia respondería al atentado con “fuego”, aumentando los bombardeos contra los jihadistas en Siria e Irak.

Sobre llovido, mojado. La cuestión de por qué existe el ISIS, cuáles son las circunstancias lo generaron, no se plantea en ningún momento. Al terror se propone combatirlo con el contra-terror, pero, de la forma en que el radicalismo islámico ha sido empleado por el imperialismo para oponerlo a las tendencias nacionalistas y socialistas que se sublevan contra el dominio occidental, no se dice ni una palabra. Y sin embargo ahí está la madre del borrego: puede decirse, en términos generales, que yihadistas, fundamentalistas y fanáticos religiosos han sido una y otra vez alimentados por los servicios de inteligencia occidentales para promover, en el seno de los pueblos conmovidos por el impacto del cambio, una reacción religiosa contra las fuerzas que precisamente intentaban orientar ese cambio para modernizar con un sentido soberanista al país.

Por ejemplo, en 1928 nació la Hermandad Musulmana en Egipto, cuya trayectoria fue ambigua: comenzó siendo una fuerza antibritánica y anti-sionista dirigida a recuperar los valores tradicionales del islam, para convertirse gradualmente en un movimiento que conspiraba, desde una base fundamentalista, contra las reformas de Gamal Abdel Nasser en los años 60. Más próximos en el tiempo, basta recordar los fenómenos de Afganistán en tiempos del gobierno prosoviético, y los muy recientes de Libia, Irak y Siria para comprobar la presencia y la eficacia de este tipo de mecanismos que manipulan al fanatismo. Pero es asimismo verdad que la cimitarra del islam está provista de doble filo: el 11/S, la matanza de diplomáticos norteamericanos en Benghazi y la serie de atentados que hoy recorren a occidente corroboran que la caja de Pandora está abierta. Los políticos y operadores estadounidenses y europeos que contribuyeron a abrirla quizá terminen arrepintiéndose de esa decisión fatídica.

Un golpe fallido

El coup en Turquía representa un misterio cuyas claves no son fáciles de desentrañar. Es sabido que el ejército turco, uno de los mayores de la actualidad y provisto de una tradición marcial que puso siempre a sus soldados entre los mejores y más sufridos de mundo, no se llevaba bien con el gobierno del “sultán”, como se suele llamar al hombre fuerte de ese país, el presidente Recip Tayip Erdogan, un emergente del islamismo supuestamente moderado. Esto es lógico, pues el ejército turco moderno fue acuñado bajo la férrea dirección de Mustafá Kemal, dicho Atatürk, el hombre que jugó un papel decisivo en la derrota británica en Gallípoli en 1915 y que impidió el desmembramiento y la aniquilación de su país después de la primera guerra mundial. Para eso tuvo que destruir los fundamentos del califato y formar autoritariamente a Turquía de acuerdo a las normas de la sociedad occidental. Llevó su impulso modernizador hasta derogar el alfabeto árabe y reemplazarlo por el latino, de curso más universal. Hasta cierto punto esta norma fue abolida por Erdogan, quien volvió a dar carácter oficial al alfabeto árabe, aunque limitando su obligatoriedad a la institución clerical y escolar confesional. Con el tiempo, sin embargo, el presidente fue acentuando su pretensión de concentrar poder, reforzar los contornos religiosos de la sociedad, recortar los privilegios de los militares y manejarse de forma independiente en el cuadro geopolítico en el cual Turquía se inserta. Lo cual lo llevó a marchas y contramarchas, a abrir el tránsito a los terroristas del ISIS para que incursionaran en Siria, con el beneplácito de la CIA; a la represión antikurda, a la censura de las redes sociales y a la persecución a periodistas.

Ahora bien, aunque los golpistas en su proclama indicaran que era su propósito restaurar la democracia y el estado secular en Turquía, hay demasiadas incógnitas flotando en el aire. ¿Por qué el golpe fue lanzado con tanta torpeza y sin contar aparentemente con la homogeneidad de los cuadros? ¿Qué relación puede haber entre el brusco viraje de la política exterior turca respecto a Siria y Rusia, y el putsch? Después de ser el canal por el que se infiltraron en Siria e Irak las bandas de Daesh y de proveer al estado islámico de armas, de combatientes y de capitales pagados por el Isis a través de la tercerización del contrabando del petróleo que robaba en Siria, el gobierno turco de súbito tomó una actitud que invirtió las tornas: pidió disculpas a Rusia por el derribo de un bombardero de esta nacionalidad mientras estaba cumpliendo una misión de combate en Siria y procedió aparentemente a cortar lazos con Isis y a tomar una actitud contemporizadora respecto a Bashar al Assad. Esto costó a Erdogan una oleada de atentados en Ankara y Estambul, mientras el problema kurdo redoblaba su virulencia, pues una aproximación entre Ankara y Damasco puede entenebrecer las perspectivas kurdas de encontrar por fin un espacio físico para lograr su reconocimiento internacional. ¿Pudo el golpe de estado del pasado viernes estar relacionado con una reacción de Estados Unidos y la UE ante estas movidas?

Es imposible desde aquí formular una opinión certera. Sólo cabe presumir a partir de algunos indicios que esa hipótesis puede no estar equivocada. El gobierno de Estados Unidos mantuvo un prudente silencio mientras la suerte del movimiento no estuvo definida, y Angela Merkel rehusó que el avión de Erdogan se posara en tierra en Alemania, a pesar de que el mandatario turco había escapado se dice que por los pelos a un intento de captura o asesinato que debió consumarse a manos de un comando que lo buscó en la estación balnearia donde reposaba.

Como quiera que sea, el futuro del mandatario turco es, de la manera en que se lo considere, vidrioso. Ha recabado un fuerte apoyo popular, incluso de sus adversarios, que se oponen al quiebre de la institucionalidad del país a manos de los militares. Pero tiene demasiados frentes abiertos, con los kurdos, con el ejército y con la Unión Europea, que elude incorporar a Turquía, aunque sí la incluye en su brazo militar, la OTAN.

Consciente de su debilidad, Erdogan se ha lanzado a una cacería en masa de miembros de la oficialidad, del funcionariado y de la justicia que considera adversos a su gobierno. Miles de militares –entre los que se cuenta el general Bekir Ercan Van, comandante de la base de Incirlik, nido de la fuerza aérea norteamericana-, de jueces y de miembros de la administración han sido arrestados y la posibilidad de un restablecimiento de la pena de muerte con carácter retroactivo flota en el aire. Lo cual, automáticamente, cancelaría el ingreso de Turquía a la UE en un futuro próximo o mediato.

Turquía es una pieza muy importante en el tablero geopolítico. En contacto fronterizo con Bulgaria, Siria, Grecia, Irak, Irán y las ex repúblicas soviéticas de Azerbaiyán, Armenia y Georgia, está instalada en el corazón de un área decisiva desde el punto de vista geoestratégico. Haya tenido o no que ver Washington con el frustrado golpe de estado, es seguro que no va a permanecer indiferente ante el futuro desarrollo de los acontecimientos, como tampoco lo va estar Rusia y menos aún el estamento militar acostumbrado a actuar como poder detrás del trono en la estructura política de esa nación de 80 millones de habitantes, pivote sobre el que gira la conexión entre el Asia Central, el medio oriente y el Mediterráneo.