jueves, 1 de septiembre de 2016

La segunda vejación de Dilma Rousseff


El «pau de arara», un antiguo método de tortura utilizado en Brasil en la época de la esclavitud, fue uno de los preferidos por la dictadura militar de ese país entre 1964 y 1985. Las manos de los prisioneros políticos se ataban a las piernas y se introducía un palo o un hierro en la abertura formada entre las rodillas y los codos. Las víctimas quedaban suspendidas cabeza abajo a unos 20 centímetros del suelo, en una dolorosa posición, y se les aplicaba electricidad en las partes más sensibles del cuerpo: pene, vagina, ano, pechos...

La “silla del dragón”, en cambio, era un sistema más moderno y sofisticado. Consistía en un asiento revestido de zinc y vinculado a terminales eléctricas, en el que se sentaba a los presos desnudos para transmitirles corriente en todo el cuerpo. Como complemento, los torturadores colocaban un balde metálico en la cabeza de la víctima, donde también se aplicaba electricidad.

Este método fue introducido en Brasil a mediados de la década del 60 por Daniel Anthony Mitrione, un agente del FBI especialista en “técnicas avanzadas de contrainsurgencia”, especialmente el suplicio eléctrico constante pero controlado, de forma que los detenidos no murieran en el proceso.

Mitrione -quien permaneció en Brasil de 1960 a 1968 y terminó ejecutado dos años más tarde en Uruguay por el movimiento Tupamaros- recomendaba a sus alumnos policías y militares aplicar “el dolor necesario, en el momento preciso y en la medida justa, para lograr el efecto deseado, actuando con eficacia quirúrgica y perfección artística”.

En enero de 1970, la estudiante de Economía Dilma Vana da Silva Rousseff, de 23 años y catalogada por los militares como la “Juana de Arco de la guerrilla”, fue detenida y sufrió estos martirios durante 22 días. “Me molieron a palos, me picanearon mucho. Comencé a tener hemorragias, pero aguanté. No dije ni siquiera donde vivía. Un día tuve una gran hemorragia, como si fuera una menstruación, y me tuvieron que llevar al Hospital del Ejército”, recordó en 2003. Relató que otra prisionera le recomendó que cuando nadie la viera saltara para que la hemorragia continuara y no regresar a la sala de tormentos.

Cuando fue liberada a fines de 1972 pesaba 57 kilos, diez menos que su peso normal.

Muchos años después, aquella ex estudiante pudo dar su domicilio sin temor: Palacio de la Alvorada, zona cívico-administrativa, Brasilia, Distrito Federal, Código Postal 70150-903, residencia oficial de la primera presidente mujer del país más grande de América latina.

A 46 años de su detención y tortura, a salvo de aquella “docencia” de Mitrione, Dilma Rousseff enfrentó nuevos intentos para doblegar su voluntad, aunque los tiempos, circunstancias y métodos cambiaron. Ya no se trata de puñetazos y choques eléctricos: ahora el recurso con el que la oposición logró destituirla reviste la forma del «impeachment» (“impugnación”), un vocablo que no pertenece al idioma portugués, no figura en la Constitución y no es parte de la doctrina jurídica brasilera.

Y esta fue la segunda vejación de Dilma, no por el puño cerrado de militares torturadores sino por el voto a mano alzada de 61 civiles traidores.

"Es el segundo golpe de Estado que afronto en la vida. Primero fue el militar de 1964, que me afectó cuando era una joven militante; el segundo fue el parlamentario, que me derriba del cargo para el que fui elegida", dijo Dilma. La mujer que en el pasado soportó la tortura del «pau de arara» y la “silla del dragón” no pudo lidiar con las maniobras desestabilizadoras de una manada de hampones que defecaron sobre los casi 56 millones de votos que la llevaron al gobierno en 2011.

Roberto Bardini