domingo, 29 de mayo de 2016

La crisis apócrifa



Por Pablo Camogli


“La Argentina atraviesa por la crisis más aguda de su desarrollo económico”. Esta frase, que parece dicha por cualquier funcionario de la actual administración del país, fue escrita hace más de 60 años. Lo curioso es que, ya sea en el pasado o el presente, esa frase no se utiliza para describir la realidad de la Argentina, sino para construir una fantasía que justifique la aplicación de un determinado proyecto económico.

Con aquellas palabras iniciaba Raúl Prebisch su “Informe preliminar acerca de la situación económica”, uno de los tres documentos sobre los que se diseñó el programa económico de la Revolución Libertadora. El gobierno que había dejado a la Argentina en la peor de sus crisis, no era otro que el del presidente Juan Perón, que había sido derrocado en 1955, apenas tres años después de su reelección con el 62% de los votos.

El economista Antonio Brailovsky llamó “la crisis apócrifa” a aquella afirmación de Prebisch y a todo el programa económico que le acompañó. En definitiva, gracias a la serie de documentos que decretaban la “crisis más aguda”, es que la Libertadora logró justificar el plan de ajuste que implementaron de inmediato y que contemplaba, entre otras medidas enumeradas por Mario Rapoport, la drástica reducción del déficit fiscal, devaluación monetaria y flotación cambiaria, liberación de todo tipo de control de precios, restricciones para otorgar aumentos salariales, fomento de la inversión extranjera y al endeudamiento externo y disminución de la protección arancelaria y fiscal. La frutilla del postre era el ingreso del país al Fondo Monetario Internacional, algo que Perón se había negado a hacer, y la obtención por parte de Adalbert Krieger Vasena del primer empréstito por 75 millones de dólares, en abril de 1957.

La realidad de 1955 es que la Argentina no atravesaba por ninguna crisis profunda, más allá de los problemas lógicos de un modelo de acumulación que había alcanzado cierto límite de expansión y que, claramente, debía pegar un salto en su evolución. La economía crecía, la inflación se había reducido a un dígito, el país competía en ciencia y tecnología con las potencias mundiales y, lo más importante, los trabajadores se quedaban con el 50% de la riqueza nacional.

Frente a ese panorama, aplicar un modelo económico liberal y ortodoxo, bajo los postulados del FMI, no tenía la más mínima justificación. De allí que surgiera la necesidad de contar con algún economista que prestara su “prestigio” para crear la crisis, por lo menos en el plano de la fantasía teórica. Ese fue el rol que cumplieron los documentos de Prebisch, cuyo diagnóstico sirvió para empujar al país hacia el tobogán del endeudamiento crónico, la transnacionalización de la economía, el achicamiento del Estado y la pauperización de los argentinos.

El actual gobierno de Mauricio Macri repitió la receta y también creó su “crisis apócrifa”. En esta ocasión no recurrió tanto a un economista de prestigio (más que nada porque los economistas de derecha son bastante impresentables), sino a los medios de comunicación. Fueron estos los que instalaron un diagnóstico de crisis total del país, pese a que los datos macroeconómicos demuestren lo contrario. La inflación venía en retracción luego de varios años, el PBI creció más de 2% en 2015, el empleo privado creció más que el público, el proceso de desendeudamiento estaba casi terminado y, lo más importante, el consumo y los salarios seguían en alza. Con ese panorama, pensar en un ajuste neoliberal carecía de sentido teórico y práctico. Pese a ello, durante meses se machacó con datos falsos hasta desembocar en la fábula de la “pesada herencia”.

La pesada herencia no es tal, pero solo con esa argumentación se puede sostener la crisis apócrifa que justifique el pago a los buitres, el mayor endeudamiento de la historia, la transferencia de riqueza a los sectores más concentrados (sojeros, mineras, bancos), los miles de despidos, el repliegue del Estado y, lo que ya se avecina, la desarticulación del más importante sistema de cobertura previsional de América. Por eso, la próxima vez que te hablen de crisis, fijate bien si la crisis es el tiempo presente en el que vivís o si es el tiempo futuro al que te quieren llevar... con alegría.