jueves, 16 de junio de 2016

El peronismo sin dioses

Por Marcelo Padilla
El peronismo en estado de shock. Esa bolsa de millones de dólares ha puesto a la dirigencia contra la pared. La militancia putea por todos lados. Se habla de operación, de choreo, de guillotina. Se habla también del fin del relato de doce años por parte de la prensa canalla. La trama secreta, la negación de lo que se ve, la era de los esposados, la corrupción develada. Con estupor el ñandú guarda su cabeza en la tierra y no la bolsa que no tiene. Están los que gozan y se frotan las manos, y los que sufren porque saben que les puede tocar en cualquier momento. El espanto general difundido por los medios es el fiel reflejo de un estilo muy nacional por cierto: ladrones de poca o mucha monta. Ladrones. Así nos tratan a los peronistas. Ladrones por naturaleza. ¿Qué pienso? Y…que nos salpica la mierda a todos y a todas. También que, ha sacado cierto puritanismo en la filas compañeras, se entiende, con lo que cuesta la reconstrucción del movimiento, un caso así, te deja grogui. Pero diferenciemos un cacho. En la ciudad, ese patio de los objetos, están el chorro y el choreado, el malandra y el prostituido. La masa anónima que deambula buscando sus dioses y su paga, el de a pie y el de alta gama. El de alta gama, o el que quiere llegar a “ser alguien” en la ciudad, realiza el trabajo fino para “hacerla bien” y llevársela (en pala) por derecha. En este caso se lo admira por cómo la hace bien. Por cómo se la lleva sin que lo agarren. Es como en el barrio cuando uno ve al que empieza a levantar el primero y segundo piso de su casa, a estacionar autos y camionetas, frente a la vecindad que otea por la ventana y se pregunta: “¿cómo lo hace este hijo de puta?”. La manada sin embargo lo saluda todas las mañanas como un señor y los niños del barrio reo rodean la casa para jugar con los hijos de ese hijo de puta, para que les den bola y poder entrar a la casa y ver la acumulación de objetos. Hasta que el hijo de puta, considerado así por el rumor, se cambia a un barrio privado para constituir geográficamente su anhelo y nueva identidad de clase. De alguna manera ahí hay un abandono. El que se va con la bolsa abandona y deja al margen,“en su propio estar en el mundo” al paria, precisamente en el margen o en el pozo. El caso de este tipo de la bolsa y el convento es justamente un ejemplo. Alguien la hizo mal y el hecho comprueba el rumor. Al que la hace bien no se lo toca. Seguramente servirá de ejemplo frente al otro para conjurar el miedo. La manada sin dioses, así se siente hoy el peronismo callejero. No se trata de caída de relatos. La religión está firme y continúa su peregrinar. Es que hemos necesitado que cristo y el diablo sean hermanos para armonizar el orden y el caos. Por eso el Papa fue diablo, y cristo representante en la tierra. El capitalismo deja hacer a su antojo pero quiere reglas para llevársela. Algunos aprenden y otros no. Macri, el imperio Macri y asociados, vivió del estado y se hizo con el Estado. Y encima ahora “es el Estado”. El Estado Macri. El rey y el príncipe, padre e hijo, absolutamente impunes y gozando de todos los beneficios. Con y contra el peronismo. Es que el peronismo ha buscado siempre una armonía engañosa que puede durar algún tiempo pero no llegar a ser constante. Como una relación de pareja el peronismo con el capitalismo caminan de la mano un buen rato hasta que empiezan las primeras discusiones y el estado del romance perfecto se resquebraja, chocan y duermen en cama separadas hasta que explota la relación y se separan. La eternidad se gasta cumpas. Es lo que está debajo de todo lo que se ve y no se muestra porque incomoda. En este caso el peronismo es el pozo donde todos queremos guardar nuestros deseos, en el predio de un convento, con monjas que nos cuiden. Madres que nos cuiden. Mujeres que nos cuiden. Porque no hay dios debemos inventarlo para soportar nuestro arrojamiento en el mundo. Guachos. Así quedamos. Guachos en manada como perros que se cogen a pleno sol en la siesta burguesa que no poseemos. Guachos por naturaleza. Peronistas. Tristes, cabeza gacha, juzgados y sentenciados, putos, negros, mugrientos, con finales anunciados. Perseguidos, malditos. Hedientos. Adoloridos por el parto siempre. Como si no hubiésemos querido venir al mundo e intentar morir en el vientre ahorcados con el cordón. Pero estamos aquí en este faquin mundo, donde nos toca la fiera, donde la fiera nos deja también. Nada de vergüenza. Nada. Sin dioses y sin vergüenza. Sinvergüenzas de abajo. Sentimentales hasta que equilibremos el desajuste. Ahora nos bañamos con la mierda, pero pronto vendrá una buena lluvia compañeros, veraniega, lacrimógena, y los pozos habrán cerrado como cierran las ciénagas.

Por Marcelo Padilla

Foto: Sebastián Miguel