domingo, 5 de junio de 2016

Historias peronistas: Los "quilombos de la gran puta" de Dante Pellegrini




“Hoy póngale mucha pólvora, porque anoche los cañonazos hicieron menos ruido que los pedos de una vieja”, le ordenó el intendente Dante Pellegrini al suboficial del Regimiento de Infantería de Montaña Nº16 que esa mañana del sábado 18 de enero de 1997 debía efectuar los disparos de salva para celebrar el aniversario del departamento de Junín.

Era una mañana fresca, agradable. Junín todavía dormía, después de la fiesta de la Vendimia departamental, que se había realizado la noche anterior en el polideportivo municipal. “Eran unos cuantos cañones que había traído el Ejército. Los pusimos en la esquina de la plaza”, recuerda don Dante, que ya superó los 80 y que fue durante 16 años consecutivos el jefe comunal del Jardín de la Provincia. “Todavía la gente me pide que vuelva”, dice.

Pellegrini es una especie en extinción. Ya no hay muchos políticos como él, con sus virtudes y sus defectos. Entre 1987 y 2003 fue el intendente peronista de Junín, pese a tener apenas séptimo grado. “Después me fui de legislador, pero la pasé a cagar. Ahí son todos profesionales y no se hace nada productivo”, afirma. Siempre ha utilizado los modos de un hombre de trabajo, sin formalismos ni prejuicios. Menciona a los gobernadores con sus apodos o diminutivos, insulta sin empacho y recuerda con detalle la mayor parte de su vida, por ejemplo las descomunales comilonas para 4.000 personas que organizaba en las plazas.

Hay tres anécdotas que lo definen muy bien. En 2000, en plena ola de robos y asaltos en Junín, Pellegrini se subía a su Seat Toledo a las once y media de la noche, acompañado con un policía y armado con una escopeta o con un rifle que le regaló el general Martín Balza. Durante dos horas recorría Junín como si fuera su estancia o el comisario del pueblo, pagando de su bolsillo el gasto de combustible y enfrentándose sin medias tintas con Alejandro Salomón, quien era en ese momento el ministro de Seguridad de la provincia.

Otra vez, después de un violento Zonda que causó enormes daños, salió él mismo con una motosierra a cortar ramas y árboles caídos. Cierto día se presentó en el edificio central de Obras Sanitarias, en la ciudad de Mendoza. Estaba enojado. Hacía meses que trata en vano de que le aprobaran tres proyectos, con sus respectivos financiamientos, para hacer las redes cloacales de los distritos de Medrano, Ingeniero Giagnoni y Barriales. “Llegué cuando estaban todos reunidos alrededor de una mesa enorme. Entonces saqué un 32 largo y apunté al medio de la mesa. Se pegaron un cagazo tan grande que me aprobaron los tres proyectos en menos de 5 minutos. Ahora esas obras, gracias a eso, las está haciendo el Mario (Abed, actual intendente)”.

Don Dante recuerda esto en el living de su casa del barrio Jardín, en San Martín. Allí, en uno de los dormitorios, Néstor Kirchner durmió la siesta en un viaje que hizo a Mendoza en sus épocas de gobernador de Santa Cruz.

Pellegrini es peronista. De esos que logran conjugar la confusa combinación entre peronismo de izquierda y de derecha, tal como lo hacía “el General”.

Para entender esto, más allá de tener en cuenta la edad de Dante Pellegrini y los tiempos que le tocó vivir cuando joven, hay que remitirse a una de sus intensas experiencias personales. En 1953 este hombre fornido y de ojos claros era un conscripto, un muchacho de 20 años que cumplía con el servicio militar obligatorio en el Ejército, en el Grupo de Artillería.

En agosto de ese año una comisión militar de 52 hombres partió hacia la cordillera para realizar maniobras de reconocimiento de hitos limítrofes y ascensiones en la zona de San Carlos.

Los baqueanos de la zona habían anunciado tormenta y desaconsejaron realizar la expedición. Sin embargo el oficial al mando desconoció las sugerencias y partió rumbo a la Laguna del Diamante. Al día siguiente el anunciado temporal de nieve sorprendió a la comisión, dividida en tres patrullas. En un intento de replegarse murieron por congelamiento 21 militares y 2 gendarmes. El oficial a cargo, teniente Heldo Borzaga, quedó bajo los cuerpos y sobrevivió, aunque sufrió la amputación de sus piernas.

“Yo y otro compañero teníamos que llevar víveres cuando comenzó el temporal. Decidimos refugiarnos en Campo Los Andes y esperar. Al día siguiente escuchamos un silbato. Era el cabo Lima que venía a pedir auxilio. Después, con el baqueano Sotelo, comenzamos a buscar al resto. Encontramos 23 cadáveres”, recuerda Dante Pellegrini.

Este traumático episodio hizo que el cacique cultivara una fluida relación con los militares. Ya como intendente era común que Pellegrini recibiera en el departamento a distintas comisiones y las atendiera a cuerpo de rey en una de sus bodegas.

Por eso es que enero del '97 no sorprendió a nadie los cañones en la plaza departamental. La noche anterior, en plena coronación de la reina, los cañones se habían ubicado en el taller municipal y habían descargado una andanada de salva para celebrar. La mañana del 18 debían hacer lo mismo en la plaza para festejar el aniversario del departamento pero con más pólvora, para que el estruendo superara “los pedos de una vieja”.

“Fueron tres o cuatro detonaciones. Y reventaron todos los vidrios de las casas vecinas, de la iglesia, del correo y hasta de la Municipalidad. Yo me di cuenta enseguida de que nos habíamos mandado un cagadón. Hasta se cayeron varios cielorrasos de yeso”, recuerda Pellegrini. “Con los milicos hice parar a las viejas y al negro del correo que me venían a putear”, afirma.

La Municipalidad tuvo que hacerse cargo de las reparaciones y de la reposición de los cristales y también le valió al intendente una nueva pelea con el párroco Juan Manuel Arana, hoy en el Vaticano.

Pellegrini se sonríe. Es una sola de sus tantas anécdotas en las que armó “un quilombo de la gran puta”.

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