miércoles, 20 de julio de 2016

Verano del 73


Por Marcelo Padilla


En el fondo de la casa, donde trepa el limonero ardido, están los niños llenos de barro hasta el cogote, jugueteando en la siesta. Son siete. Todos del barrio. El patio de la casa es un fondo. Un fondo largo desparramado, entregado al sol. La tierra es buena, virgen, prodigiosa. Tanto que pare tomates, zapallos, melones, mandarinas y limones. También hay una planta que da duraznos priscos, los chatos dulces.
En la cuadrícula del barrio los fondos se comunican porque no hay medianeras de material. Alguna que otra empezada y abandonada sirve para que los pibes trepen y salten como lagartijas. La siesta es peronista en San Juan. Los niños son felices con la manguera, las madres y las abuelas duermen el cansancio, los padres escuchan los partidos por la radio tomando vino blanco frío bajo el solar. Así son los sábados y los domingos.
Como las piletas de lona son caras casi nadie tiene una. Sí mangueras. Mangueras largas como serpientes infinitas. Casas bajas, paraísos en la puerta para apaciguar el sol. Los fondos, plagados de alimentos. Los duendes escondidos. Las acequias de barro. El tiempo que no sucede en los relojes. Los pibes.
La vida cotidiana es una cadencia dócil. Hay tiempo. Mucho tiempo. Hay ignorancia. Pero no por falta de información ni por carencia de conocimientos. Hay ignorancia porque ser ignorante es un estilo de vida en el pueblo. Ignorar la ley, la ciencia, las teorías sobre el origen del mundo. Ignorar. Estar conforme. Estar. Saber otras cosas.
El barrio, con aproximadamente quinientos habitantes, produce diez enfermos mentales, cuarenta alcohólicos, veinte ninfómanas, tres ladrones y ningún intelectual. Ningún millonario. Ningún profesional calificado. Hay albañiles, costureras, kiosqueros, mujeres de almacén, peluqueras, vendedores de diarios, repartidores de leche y pescado, obreros de fábricas, amas de casa, y unos cuarenta empleados estatales de bajo rango. ¡Ah!  y dos tacheros y un colectivero.
A Mar del Plata se va un puñado de familias por verano, no más de diez. Son familias en su mayoría con negocios de ramos generales, tipo almacén grande, que vende desde lampazos hasta curitas, bayaspirinas y patas de jamón crudo por encargo. Negocios familiares donde trabajan todos y les va bien; y como el país no está tan mal, ofrecen cuenta corriente a los clientes, a los vecinos con ingresos estables que registran en un cuaderno engrasado.
Decía, casi nadie tiene pileta porque son caras, pero los que tienen negocios sí tienen, de lona. La mayoría se baña con manguera, con serpientes infinitas, con el agua tibia que demora la fría. Se sabe que hay gente rica en otros lugares, pero no se le da importancia a eso. Se ignora. No hay odio. La gente vive conforme con lo que tiene y es agradecida. Alguna que otra envidia. Cómo no. Pero por nimiedades. Especialmente las solteronas tienen envidia de las casadas con hijos. Natural.
Nadie quiere hacer ninguna revolución porque la mayoría de las abuelas y abuelos ya la vivieron en el 45. Por eso no existe la idea de la revolución permanente. El peronismo es eso, una revolución de enseñanza. Un culto. Un estilo de vida pacífico. Un elogio de la ignorancia. Una política sanitaria. Un monstruo dormido y bueno. Un destapador de saberes no científicos aún sistemáticos. Sin piletas, con mangueras que parecen serpientes infinitas. Con niños jugando en los fondos de las casas llenos de barro hasta el cogote.

Marcelo Padilla