lunes, 8 de agosto de 2016

Cuando llueve mierda


Por Marcelo Padilla

Los peronistas somos religiosos. Creemos y queremos creer. Y también los más escépticos. Somos tensión existencial entre la nada y el todo. El peronismo es una fábrica de semidioses que supimos palpar. Esa capacidad antropológica para construir sentidos donde no hay sentido. El abismo y lo efímero, la caída y la derrota, el vacío de la proscripción. Nos odian. Por derecha y por izquierda. Somos simplemente imprevisibles. Damos zarpazos y nos escondemos. Tenemos una fauna particular que se reproduce para protegernos de la extinción de la política. Odiar al peronismo es odiar a la política. Somos una comarca que por momentos desvaría, diaspórica e irónica. No somos modernos. Mezcla de ficción y realidad, droga alucinógena. A veces vivimos en la película Blade Runner, otras en un documental biologista. Cansamos. Cansamos y ganamos por cansancio. Nos empuja algo inexplicable que no sabe de medidas y pesos. Ancestrales. Amazónicos. Amor y furia. Asado de domingo, tristeza. Encontrarse en cualquier lugar y reconocerse compañeros con desconocidos. A eso hemos venido. Somos de un planeta surreal pre moderno que transforma. Nos hemos chupado a muchos indecisos sin dios cuando supimos abrir los brazos. Siempre acompañando al pueblo, hay situaciones en las cuales nos confundimos y dejamos que nos infiltren polizontes y chorros. O místicos asesinos. De todas maneras, esos, no invalidan nuestra religión. Depuramos sin llegar a la pureza. ADN de cimarrones sin árbol genealógico claro. Nos inventamos antepasados. Somos el mejor guión de ficción y fantasía que alguna vez escribió el pueblo. Insuperable, en las capas bajas el peronismo pone los techos cuando llueve mierda.