jueves, 9 de febrero de 2017

La cola del olvido



Cabecea. Se ha quedado dormida y parece que se va a caer en cualquier momento. Pero el instinto, aún dormida, la mantiene todavía sentada sobre el banquito plegable de lona. Ese banquito y ella deberían frecuentar una plaza, un jardín, una playa. Ni ella ni el banquito fueron hechos para estar olvidados en una vereda, una madrugada.

Debe tener unos 70. Con ella y en fila, uno atrás de otro, hay otros veinte de más o menos la misma edad. Algunos tienen la “suerte” de tener una reposera y duermen definitivamente. Otros duermen sentados en el suelo y apoyados en la pared. Otros más están venciendo el sueño y el aburrimiento hablando entre ellos de médicos, enfermedades y, con suerte, de nietos.

Todavía no son las 2 de la madrugada y ellos, los viejos, los jubilados y pensionados, cumplen con el ritual mensual de hacer la cola de cobro en la puerta del Banco Superville, de la ciudad de San Martín. Hoy son los que tienen documento con terminación en 3. Ayer fueron los del 2, mañana los del 4 y así, hasta que la decena esté completa… o se vayan muriendo.

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La primera de la cola es una vecina de El Central, casi 40 kilómetros al norte de dónde está ahora. Llegó a las 6 de la tarde y está en la cola desde las 9 de la noche. Se ha acomodado junto a la puerta de blíndex, que recién se abrirá a las 8, “si es que los empleados se acomodan rápido, hacen el recuento de dinero a tiempo y después que se tomen el primer café de la mañana”, dice la mujer. Sabe que recién podrá tomarse el micro de regreso a su casa, ese que pasa muy espaciado, a eso de las 9 de la mañana. El trámite de cobro le habrá llevado más de 16 horas en total.

Víctor Antonio Carrión es el segundo y está sentado en uno de los tres peldaños de la escalera de ingreso. Se jubiló con 65 años y ahora tiene 74. Trabajó 40 en una empresa constructora (Brizuela y Villafañe) y hoy cobra poco más de $5.000 mensuales, incluida la “reparación histórica” que le ha dado el gobierno actual y que es de $206 mensuales, cuota que cobrará solo hasta completar los $7.000 en 5 años… si es que aún vive. A esa plata le descuentan $915, que es una de las 36 cuotas que debe pagar por un préstamo que le ha dado el Superville de $8.500 y que debió pedir para cubrir una urgencia. Pidió $8.500 y devolverá $32.940.

Mauricio Pleitel es el tercero. Tiene 44 años, una miopía evidente y una madre que está muy grande para amanecer, entonces su hijo la cubre hasta las 7 de la mañana cuando llegue ella. Él se ha reservado los días del número 3 para ella. Hoy se irá a trabajar sin dormir, pero no tiene otra opción. Su madre ya está muy grande… y es la única que tiene.

Después viene el cuarto, el quinto, el sexto… hasta el vigésimo cuarto y todavía no son ni las 2 de la madrugada. A las 6 serán más de 200 y la cola llegará hasta la esquina. Esos, los que lleguen a las 6, saldrán del banco pasado el mediodía.


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Víctor es el que más habla. La mayoría prefiere el silencio y dormir. El silencio evita posibles enojos de la gente del banco y el dormir difumina la espera, la licúa en el sueño.

“Trabajé 40 años… ¡y acá me tiene, esperando!”, dice. Sostiene, mientras los que escuchan asienten con la cabeza, que “nadie confía en los cajeros automáticos y en la tarjeta de débito. Te dicen que no te cobran nada por usarla, pero después aparecen los gastos de mantenimiento y además nunca te da toda la plata que uno cobra”.

Es difícil saber si bancarizar a los jubilados y pensionados fue una estrategia de las entidades financieras para beneficiar a los viejos o para perjudicarlos. Desde los bancos dicen que los jubilados se resisten a usar el sistema y los viejos dicen que salen perdiendo. Lo cierto es que, sea una cosa o la otra, por desconocimiento o por fines comerciales, los que pierden son siempre los mismos. “Los del banco te apuraban para que habilites la tarjeta y usés el cajero automático, pero nadie te explicaba cómo usarla. A mí me dijeron una vez que si no la habilitaba al mes siguiente no iba a poder cobrar… pero no era cierto”, recuerda Víctor.

Los de la cola conocen ese banco como si fuera el living de sus casas. Saben que en la sucursal hay 11 cajas y que solo se habilitan 2. “Al mediodía, cuando los empieza a apurar el tiempo, con suerte habilitan otras dos”, cuenta alguno.

Dicen que hay tres pasos: El número de orden que les da el policía de la puerta, el ticket que expende automáticamente una máquina después que el aparato escanea la huella digital del pulgar derecho, y la cola para llegar hasta la caja con el número de orden y el ticket en la mano.

“La mayoría de los viejos agarra la plata en la caja y se la mete al bolsillo, sin contarla. Yo no, yo la cuento, porque ya me ha pasado un par de veces que me faltaba $100 o $200 y si te vas de la caja después no hay reclamo”, cuenta Víctor.

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En la cola se quejan. Porque no entienden que significa cada ítem del ticket que oficia de recibo de haber jubilatorio; porque no entienden del funcionamiento del cajero automático; porque no los atienden con cortesía; porque les figuran descuentos que no saben a qué corresponden; porque les pagan poco; porque las esperas son larguísimas; porque…

Pero los viejos tienen bien clara una cuenta: En esa cola ya se han muerto dos jubilados en los últimos tiempos. Saben que se están arriesgando y que nada les asegura no ser el próximo.

Ya son las 2 de la madrugada y son 30. A las 6 serán 200. A las 8 serán más. El mes que viene quizás sean menos.

Quizás ya no llegue el mes que viene.


Fotos: Mariana Villa
Texto: Enrique Pfaab