martes, 17 de mayo de 2016

El peronismo es un Fiat 125 pichicateado



Por Marcelo Padilla


Hace tiempo que no me pego un golpazo de esos que te dejan grogui o depre rozando la decepción o el escepticismo político (me estoy cuidando de los tropezones). 


Rozando por decir algo liviano (debería decir directamente decepción y escepticismo). Me he llamado a silencio un tiempo respecto de opinar sobre el peronismo y sus laberintos, hoy, donde no se sabe muy bien qué es lo que va a suceder, al menos, respecto de su conducción y funcionamiento, si habrá o no apertura para la discusión o no, no me importa demasiado para ser sincero. No me calienta ni se me para, esa es la verdad. Veo que las calles están iguales aunque más destrozadas y la gente tiene cara de culo, en los lugares que habitúo: almacenes, panaderías, ferreterías y verdulerías. Sitios donde habito diariamente porque no piso un supermercado hace año y medio por lo menos; básicamente porque me quedan un poco lejos y sin auto no puedo cargar las bolsas, de paso sé que doy una mano a los pequeños monstruos que ayer votaron por el cambio y hoy solo putean o prenden el ventilador y cagan en él para que la mierda se esparza por todo el local y salpique a los clientes de ocasión. Eso contagia. Disculpen la imagen escatológica pero no encuentro otra para describir “mis almacenes” del barrio. A ellos como a tantos les ha llegado el cambio y se les nota en las boletas de la luz y el gas y otros gastos más altos que tienen que encarar con proveedores de puchos o bebidas, de fiambre y cuánta cosa más. El hombre común. Ahí están “los comunes” que vadean por las veredas de barro en este otoño muy invierno codeándose con enfermedades bronquiales, otros muriéndose lentamente o suicidándose en plena vida. Son los olores densos de este cambio. El hedor de estar en este mundo insatisfactorio por donde se lo mire que se viene llevando puestas a todas la relaciones amistosas o amorosas, porque vamos, más allá de terapistas la cosa es el contexto antiperonístico que fluye, y se acaban las cosas, mueren, por el apriete de la soga en las casas y a muchos le circuncidan el deseo sexual. O el deseo de ir a sitios imaginarios como forma de encarar la vida aún en la franciscana austeridad. Los que no conocemos el hambre somos bastante pajeros a veces o las más de las veces para opinar y encumbrarnos en pensamientos altruistas que nos redimen cristianamente la jornada. Los dirigentes del peronismo no conocen el hambre. Y eso debería al menos ubicarlos en un lugar de mayor humildad y cerrar el orto si quieren hacer un peronismo grande y humilde pero lleno de humildes sin contar tantas costillas endogámicamente. Da bronca. Hablar de bases y de proyectos nacionales y populares en la televisión, a esos que vemos, de cualquier bando de “los nuestros” ya transformados en columnistas habituales de los programas que solo los llevan para dar rating y nada más. Esos referentes autorreferenciales también dan bronca porque sabemos que ahí están para decir lo que tienen que decir para no perder el espacio de existencia mediática, rendidos con los cruces y las cruces santas y paganas de los conductores y moderadores que van a la pausa para vender pescado podrido. Esos son los próximos candidatos. No lo anónimos que dejaron en la calle que no tienen nombre ni apellido y son manada con rúbrica de yerra en sus espaldas: “despedidos”. El peronismo debe ser el peronismo de los despedidos. No el de los que no pararon de tener cargos en cuanta elección hubo y habrá o quienes tienen ya una dote por manejar intendencias asustadas (ay, cómo se cagan y miden la baraja por favor esos intendentes de cualquier color peronista que tienen que mimar un poco al gobernador o al presidente horripilante que votó el 51), o los que se hacen los boludos con la unidad del peronismo por ejemplo, que ya tiene lista oficializada y nadie nombra porque les da asquito que adentro de la anchura hayan focos infecciosos, tipos y tipas que volvieron y desconocen los liderazgos anteriores luego de 13 años. Bueno, al fin y al cabo todos juegan su jueguito por afuera y por adentro y se callan cuando tienen que hablar y hablan cuando tienen que callar. Tenemos un peronismo bastante pichicata, como esos autos Fiat 125 de antes con escape libre y faros de iodo, bien pintados, que usaban en la picadas en el parque clandestinamente. Eso es el peronismo hoy: un Fiat 125 pichicateado. Y en eso andarán algunos y otros seguirán sin pudor en la alta gama de la pureza de la marca que enjuta a cualquier paisano de almacén y solo se los conoce por la publicidad de la vía pública confundiendo su nombre con el de otro partido. El mundillo de la política peronista. Es chiquito como el culo de una muñeca Barbie de los noventa y aplausos y aplausos entre ese mundillo, y chicanas y chicanas en ese mundillo y malas caras y malas caras contra los que ayer una cosa y hoy otra y así, un perno tras otro perno. Digo perno y no Perón que está más muerto que antes y no creo productivo hacerle decir al viejo cosas que no dijo o cosas que dijo pero en otro momento. Y Cristina que es un forúnculo para todos y todas cuando apareció y marcó otra agenda dentro de “los nuestros” y algunos se agrandaron a tal punto que establecieron el “cerco de los que se van al cielo” y dictaminan quienes al infierno. Perno. Ferretería. El peronismo es ese Fiat 125 y una ferretería a cielo abierto. Por eso, no doy una idea, no doy nada. Solo veo masturbaciones o autocelebraciones y miedo, mucho “miedo de perder en la derrota”. Muchas solidaridades, muchas, demasiadas de parte de los dirigentes. Y claro, el perno, las caras de culo de almacén, el tipo que es nada y sabe un carajo o el que sabe demasiado. Rozando el escepticismo y acariciando lo áspero va el peronismo hacia la victoria, todos unidos triunfaremos, combatiendo al capital, desde la Capital Federal, en Palermo choto.

Marcelo Padilla