jueves, 9 de junio de 2016

Te presentamos a “la yegua”


Revista la yegua es una publicación de compañeros de San Rafael, especialmente dirigida al arte y la cultura de la resistencia. Acaba de salir el número 4. Te dejamos aquí un adelanto.

Cuento

Dos en la ruta

De Teresa Oliveri

Mediodía sin sombras en la ruta treinta y cuatro, el humo acre de las gomas quemadas nos pica en los ojos, pero no nos movemos, algún mate medio lavado nos persuade de que detrás del ofrecimiento está la mano tendida. No somos muchos pero con los que estamos alcanza. La yuta va llegando, algunos sin uniforme pero igual los identificamos; aunque quieran mezclarse tienen cara de yuta. Del Renault 6 siguen bajando los compañeros. Desde muy temprano el único auto del Movimiento va y viene. Trajo las gomas y mientras los cumpas las encendían volvió a buscar a los que viven más lejos. Te bajás, colgás la guitarra en bandolera y apoyado en tu bastón te ubicás de manera que el humo no te alcance. Cantor sin escenario; alguien te pasa una silla que desechás. Trabás tu pierna baldada en un ángulo que te asegura estabilidad y te aferrás a la guitarra como si por una extraña alquimia pudiera sujetarte.

La cola de autos es una serpiente paralizada que aguanta el veneno. Los palos en las manos arman una barrera infranqueable pero el fuego y el coraje son la verdadera muralla.

—¡Abelardo, dale con la chacarera!

Decir irreal, es decir poco: una ruta como tantas y de pronto invadida por hombres, humo y la guitarra que acompasa el chisporrotear de las gomas.

Tus rasgos tallados a machete y el pelo lacio que cae sobre esos ojos que indagan más allá de las respuestas. Te sacudieron pero no te derrotaron. Dejás de lado el bastón que toma tu lugar en la silla y todos lo olvidamos.

Se infiltra un silencio ominoso y hasta el siseo de la víbora que serpentea por la ruta se calma con tu canto. Dueño y señor de metáforas, el vigor de tus brazos se dulcifica en el abrazo con la guitarra. Trovador profundo de casas bajas y sueños de altura. Zorzal herido pero de cabeza soberbia donde guadás todas las letras y todos los sones. Entonces el dolor se trasforma en canto y la dicha en cadencia. Tu entrega es tal, que tu rostro se contorsiona; los ojos cerrados en busca de la emoción que brota generosa.



Cortamos para pedir material y reemplazar las casillas de chapa. Días atrás habíamos esperado horas en la Municipalidad, mientras las camisas almidonadas entraban y salían con gestos y adulaciones.

El río Matanza se había salido del cauce y hasta ayer estuvimos inundados. Llegó hasta la altura del cuello de los hombres. La cabeza nos había quedado afuera para que pudiéramos ver cómo se perdía todo. Todo no era mucho, pero era todo. Cerramos las puertas de las casillas para que la mesa no saliera navegando y nos subimos a los techos. El olor a la podredumbre se mezcló con el olor del miedo. Hasta ayer nomás sacamos agua.

No es mala la idea de Berta. Casas de dos plantas; una pieza abajo y otra arriba; para la próxima inundación. Ella les había diseñado hasta para qué lado debían abrir las puertas, pero faltaba el material; la mano de obra corría por nuestra cuenta.

La hoja escrita se había marchitado de tanto sol sin destino.



Pequeña y oscura, Berta ha tomado su lugar al frente del piquete. Da indicaciones con su tonada norteña que no se le despegó a pesar de que Buenos Aires le puso el rótulo de piquetera.

Se había propuesto que para empezar fueran dos las casitas, pero la mañana no alcanzó para escucharnos. Fuimos día tras día; nos anunciamos en la larga lista pero el tiempo era demasiado corto para recibirnos. Entonces el piquete. Ahora la serpiente se agita. Ellos tienen bocinas pero nosotros guitarra, humo y pobreza, también el valor de los que casi nada podemos perder.

Berta da la voz de alarma porque la serpiente se desliza.

Por la banquina se acerca el carro hidrante y mascullamos que no vendría mal un poco de agua, claro, mientras sólo se agua, que los gases pican más que el humo de las gomas; por si acaso mojamos los pasamontañas. No es que podamos anularlos, pero algo más se aguanta. Tu guitarra se opaca por la voz intimante de megáfono que nos insta a romper el piquete, pero el único movimiento es el de los pies que se separan para aferrarnos a la tierra.

Nuestros pibes que se han traído la pelota suspenden el juego y se arriman, pero Berta dispone:

—Todos atrás, no quiero a ninguno cerca.

Entonces se alisa el pelo y grita:

—Alcanzame el papel.

Desde un bolsillo arrugado surge la nota que no pudieron recibirnos; pasa de mano en mano y cada uno de nosotros le aporta su esencia que desdibuja la letra.

Entonces ponemos condiciones.

—Sin condiciones, nos responden. Las bocinas atronan y la guitarra calla. El aire es tan pesado como lo es tu vida, Abelardo.

El círculo de la yuta se cierra y las bocinas aúllan. Un poco más de kerosén para avivar el fuego y Berta que se asegura de que los pibes no estén cerca.

—Dejame a mí —dice mientras se adelanta con el tacho de combustible.

— ¿Qué vas a hacer?

— Dejame a mí.

El círculo se cierra. Berta con el tacho de kerosén y la mano que hurga en el bolsillo. Una mujer cae. Berta con su mano gastada se agacha y toma el tacho. Entonces los provoca.

—¡Vengan, hijos de puta!.

El círculo nos rodea. Otra vez la guitarra y tu voz, Abelardo.

Berta sostiene el tacho y las gotas rojas fluyen como una lluvia de fantasía y los empapa, los ojos de Berta no pestañean a pesar de que el combustible se desliza por el pelo y recorre su rostro.

Nuestra esperanza arrugada llega a sus manos y se eleva. Blande el papel como un emblema. El fósforo en la otra. Sólo resta el áspero rasgar en la cajita y después la chispa.

Una mano se tiende para recibir el petitorio y otra vez tu canto que desgarra el silencio.

—¡Cantá la chacarera del piquetero, Abelardo!

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Próximamente, te pasamos el link para que la puedas ver completa.